La mente es una parte de nosotros mismos que no se detiene jamás. Y por mucho que se estudia sobre ella, sigue siendo un misterio.  Sabemos muy poco de ella y, a pesar de los estudios que se realizan desde hace décadas, su funcionamiento está aún sin descubrir.

Los propios científicos no se ponen de acuerdo a la hora de definir y explicar cómo funciona. Sabemos es que es un fenómeno en continua actividad, y que es el responsable de nuestras habilidades cognitivas. Gracias a la mente podemos planificar, crear, pensar, aprender, percibir, razonar…

Nuestra mente está constantemente trabajando.

Es un super-ordenador, mucho más capaz que el mayor ordenador creado por el hombre.
Nuestra mente, ese super-órgano, sin embargo, puede ser nuestro peor enemigo. ¡Ay de aquel que se deje llevar por los pensamientos caprichosos que surgen de pronto en su mente!. Nuestras capacidades mentales pueden volverse contra nosotros. Por eso es tan importante aprender a calmar la mente, y a ponerla a trabajar a nuestro favor.

Tenemos un tremendo potencial del que no aprovechamos ni el dos por ciento.

Nuestra mente es capaz de prodigios que no llegamos siquiera a imaginar.

¿Cómo se forman los pensamientos en la mente? ¿Cómo funciona? Y, ¿Cómo hacer que deje de machacarnos?
Nuestra mente existe para protegernos. Está para conseguir nuestra supervivencia, así que nos pondrá sobre aviso de los peligros y nos hará temer aquello que nos pueda hacer peligrar.
Lo malo es que la mente a veces es tan prudente, tan temerosa y tan precavida, que nos hace tener miedo extra. Nos puede llegar a bloquear si el miedo es muy intenso. Por eso muchas veces se dice que el miedo puede ser paralizante. Y es verdad.

En nuestro cerebro existen sistemas que nos ponen sobre aviso cuando algo peligroso puede ocurrir.

Cuando estos sistemas se activan, se produce una reacción en cadena que afecta a todo nuestro ser. Nos ponemos alerta y nuestro cuerpo se prepara para la lucha.

Este sistema guardián de la seguridad es el mismo que tenían nuestros antepasados cazadores recolectores y el que ha tenido el homo sapiens durante 30 millones de años. Y se activa exactamente igual ante un estímulo real que ante uno imaginario. No distingue entre realidad y ficción. Por eso se nos acelera el pulso o se nos saltan las lágrimas si imaginamos ciertas situaciones, o si estamos en el cine viendo una película.

Nuestra mente no sabe distinguir. Los niños cuando juegan están realmente metidos en la situación del juego. Sus mentes están viviendo exactamente lo que ocurre en el juego como si ocurriera en la vida real.
Esa historia que nos montamos en nuestros juegos de la infancia es inocente, pero las historias que nos montamos en nuestras mentes adultas pasan a ser mucho más temibles. Y nuestra mente sigue creyéndoselas.

Muchas veces nos volvemos prisioneros de nuestros propios pensamientos.

Desde la época de las cavernas nuestra mente está alerta, pendiente del peligro, constantemente vigilando y previendo el peligro. Gracias a eso ha sobrevivido la especie humana. Ante un estímulo que consideramos peligroso el cuerpo se activa y se prepara para la lucha o la huida. El corazón late más deprisa para llevar la sangre a las extremidades que necesitaremos para huir o para luchar, la digestión se detiene. Un estímulo concreto puede disparar la alarma del peligro y nuestro cuerpo reaccionará igual que si viene un depredador a comernos.

Nuestra vida está llena de desgracias que nunca sucedieron. (Montaigne)

La buena noticia es que este proceso funciona exactamente igual a la inversa, es decir, si, en un estado de ansiedad, conseguimos relajar el cuerpo, nuestra mente empieza a recibir señales tranquilizadoras. Si la respiración está calmada y el cuerpo relajado, eso significa que no hay ningún peligro. Y estaremos dando el primer paso para cambiar nuestro estado interno.
Al recibir estas señales de calma, el cerebro empieza a funcionar de otra manera, y es realmente sorprendente hasta dónde podemos hacer que trabaje para nosotros.
Nuestro cerebro es una máquina prodigiosa. Más que eso. Es un órgano con posibilidades infinitas. Y tenemos que empezar ya a comprender cómo funciona para ponerlo a nuestro servicio.

La respiración

La respiración es el primer paso que daremos para ponernos en contacto con nosotros mismos, porque, ¿qué es en realidad la ansiedad si no una manera de salir fuera de nosotros? Cuando decimos “esto me saca de quicio” estamos literalmente diciendo que estamos fuera.
Y para solucionar eso, nada como volver a estar dentro.
La respiración es el camino de vuelta a casa. Respirando volvemos a entrar en contacto con nuestro cuerpo.
Haz la prueba. Ahora mismo.
Toma una respiración profunda. Siente cómo se relaja tu cuerpo e incluso es probable que bosteces.
Llevamos demasiado tiempo desconectados de nuestro cuerpo.
Es hora de conectar de nuevo…

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